la magia del encuentro y de cuando se pinta escribiendo, Roxana Miguel y la imagen de un gran maestro. Roberto V Ferrari
Una cita con el lápiz negro de Pérez Celis
Una mañana gris de 2006, caminé dos cuadras más allá de mi casa y me topé con una ventana inmensa. Detrás, un hombre de pelo blanco me esperaba con su lápiz en la mano.
 Pérez Celis.
por Roxana Miguel
El tipo me esperaba en su atelier. Tenía un día agitado, uno de esos en que todos sus ayudantes se movían de un lado al otro, pero igualmente me esperaba. El gran salón ubicado en un colorido edificio de Barracas quedaba en un segundo piso. La secretaria abrió la puerta y me indicó que lo espere, como no habían asientos aguardé un tiempo parada y luego comencé a dar unos pasitos tímidos.
El lugar era una especie de loft inmenso, desde la puerta podía verse la cocina en donde habían unos cuántos jóvenes alrededor de una mesa organizando unas réplicas en miniatura de los cuadros sobre un dibujo de una galería. Arriba de la mesada habían copas y vino y sobre la bacha de la cocina dormían aceitosos los platos con restos de pollo y ensalada de zanahorias.
Un pared blanca muy alta pero angosta dividía la cocina de un lugar repleto de cuadros que se enfrentaban de espaldas a un ventanal que iba del piso hasta el techo. Algunos cuadros estaban embalados y otros reposaban su soverbia altura sobre la pared angosta. Por entre los bastidores salió aquel hombre de pelo blanco un tanto despeinado. Llevaba una camisa de jean celeste y pantalón blanco embebido en manchones de colores como si Van Gogh lo hubiera perseguido por el loft tratando de pintarlo.
Yo llevaba una serie de dibujos de Celis que él tenía que firmar antes de que fueran entregados a sus compradores. Nunca le había hablado, ni él a mi, ni él a nadie. Caminaba de aquí para allá en un silencio chilloso de colores, pero silencio al fin. Cuando llegó a mi encuentro me cruzó la mirada, extendió los dibujos sobre la mesa, los firmó a todos y a cada uno diferente. Los juntó y me los devolvió.
Casi mecánicamente al terminar y entregarme las obras dejó el lápiz en mis manos, dió la vuelta y se mezcló entre los gigantes pintados. Esa noche tenía una entrevista con Diego Maradona en "La noche del Diez" y a causa de eso estaba apurado por terminar de pintar la obra que le regalaría al entonces conductor televisivo.
Cuando estábamos en el ascensor la secretaria repetía qué debía hacer yo con las obras, entonces caí en cuenta de que tenía el lápiz en mis manos. Ya en la puerta le dije a la secretaria: -Tengo el lápiz de Pérez-, pensé "¿don Pérez? ¿qué Pérez? ¿el Pérez de Barracas?". La secretaria cerró la puerta y después de unos minutos llamó a mi celular, dijo: -Cuando vuelvas al barrio traémelo, por favor, es su lápiz preferido.
Hoy estoy tomando una copa con Pérez y su lápiz. El tipo no tenía tiempo para hablarme, sin embargo hoy que se despidió de los zapatos yo lo busqué entre mis lapiceras, lápices y marcadores indelebles. Recordé aquella tarde en que sentí que tenía en mis manos el mismo lápiz con el que firmó cientos de obras y con el que me doy cita cada vez que yo firmo algo.
Le digo adiós a un gran artista y a un don Pérez de Barracas al que le pido disculpas por no haberle devuelto su lápiz preferido. |