Yo sé que no se puede hacer, pero Anaís lo hizo. Se sentó en el cajón, se sacó el clavel blanco cuyo tallo se le incrustaba entre las palmas en rezo de las manos y miró su recién abandonado lecho de muerte. -Qué lugar improcedente -dijo-. ¿Pero qué estoy haciendo aquí? Se estaba examinando el sudario con que la habían vestido, ese sudario tan informe que le engrosaba la figura, cuando Malenita entró en la caliente pieza de velar a llanto puro y descubrió a Anaís, ya una pierna en el aire, descolgándola. -Pero ¿se puede saber qué estás haciendo? -la increpó, a la vez que se secaba histéricamente los chorros de llanto que, hay que convenir, estaban ahora fuera de lugar. -¡Los muertos no se levantan! -agregó con desprecio. -¿De qué muerto hablará? -se preguntó Anaís, que no se lo preguntó a su hermana porque estaba ofendida a muerte con ella. -¡Siempre la misma desordenada! -rezongó Malenita mientras se acercaba al cajón, metía en él la pierna de Anaís a puro prepo, empujaba el torso para abajo a la posición originaria, y volvía a encajar, esta vez con saña, el tallo hiriente del clavel entre las manos. -¡Si te volvés a mover, te cierro! Ya va a venir la gente. Mirá qué papelón. Anaís se quedó callada. Pero no por miedo a la amenaza sino porque ella, a esa, a la asesina, no le iba a hablar ni muerta. Toda una historia la de Malenita y su "manía del orden". Como que fue ella quien mató a Anaís arrojándola por la escalera lo mismo que a una mota de polvo, con un plumero empeñoso e irritado. ¡Hay cosas que no se perdonan, caramba! Así que Anaís se quedó ex profeso quietita en su cajón -callada e indiferente como cualquier muerto- y aprovechó su íntimo gesto de dignidad para darse el tiempo de mirarse por dentro. Era una novedad asomarse a lo íntrínseco -si se soslaya las esporádicas visitas al psicólogo o la excursión al túnel de la vagina con los ojos táctiles cuando era jovencita-. Pero lo que es mirarse para adentro, verse las venas abstemias, los intestinos muertos de hambre, el costurón de la ausencia del apéndice, los pulmones desinflados y tristes como testículos de viejo, el hígado, un pedazo de chocolate aireado y rancio y el corazón en total letargo, como de huelga, eso nunca. -Qué raro. ¿Y por dónde funciono yo, entonces? -se preguntó confusa. El tano Andreas entró al recinto con la queja de los zapatos nuevos y con la tos de cinco puros diarios, dos cajillas de negros y una pipa al levantarse y al acostarse. Carraspeó fuerte, escupió para el costado, se asomó al cajón como del pretil de la ventana al vacío, y sacándola a Anaís de su estado de gracia, dijo: -Pobereta; tante bella, bella e finata... -mientras le instalaba la zarpa libidinosa sobre el seno. Anaís -que de viva no lo podía ni ver, menos de muerta- se le sentó de golpe con una carcajada y el tano se fue al asma agónica al instante. Fue cuando Malenita decretó suspensión del velorio por "insalubridad" y los dolientes se fueron yendo antes de entrar, desilusionados, sin paladear café y con un repertorio de chistes y de chismes postergados a otras celebraciones. Cuando Malenita volvió a entrar, limpia de preocupaciones y de excusas, Anaís estaba experimentando con el alma y refulgiendo en auras de tonos iridiscentes. -Los muertos no se divierten… ¡Se mueren! -sentenció Malenita mientras fumigaba con un atomizador en aerosol para insectos las estelas de los arcoiris que se desdibujaban en el aire. Anaís no pudo con esta humillación y se aceptó de muerta. Se metió enfunfurruñada y por propia voluntad en el cajón y empezó a esperar -de buena fe- el momento adecuado para la resurrección. -Bueno, hijita, a morirse total -dijo por hábito y buen humor el hombre de las Pompas Fúnebres. Puso tapa al cajón y le dio salida al cementerio. Cuando Anaís -que vio que la cosa venía en serio- empezó a golpear con puños y patadas hasta sacarle tonos augustos a la bonanza de la madera, el sepulturero, que adolecía de toda elemental solidaridad, dijo resentido: -Pero quién te creés que sos, ¿Lázaro? Y la tiró en el hoyo -limpito, limpito- que Malenita había barrido y sacudido unos minutos antes, porque si había algo de lo que a ella no la podían tildar, era de de desaseada.
|